Ser Voluntario. Del impulso personal a la formación profesional

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En el marco del mes de la solidaridad, Fundación Transcender, Hogar de Cristo y la Red de Voluntarios de Chile, presentaron en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile los resultados de la Encuesta Nacional de Voluntariado 2015. Dentro de algunos datos duros, el estudio de Adimark infirió que más del 70% de los encuestados valora el voluntariado, sin embargo, sólo el 11% concreta alguna acción. Otro aspecto importante que destacó Verónica Monroy, Directora Social Nacional de Hogar de Cristo, es el cambio en la curvatura de los rangos etarios en que una persona es voluntario/a. Hace no más de una década, el promedio de edades de la gran mayoría de voluntarios/as en Hogar de Cristo, se encontraban entre los 50 y 65 años, y en la actualidad, se observa que más del 50% de personas que se declara voluntario/a, pertenece a la franja etaria de 18 a 30 años.  Este último dato es coherente si pensamos que durante la vida universitaria es muy probable realizar un trabajo voluntario, por lo menos en mi caso ocurrió así.

A su vez, en el evento hubo un panel de discusión en el que se abordó el dilema de los valores que promueven el voluntariado. En este sentido, se reconoce a la familia como modelo a seguir cuando un miembro es voluntario/a, pero además, se profundiza el tema cuando en la formación escolar y universitaria se promueven valores solidarios mediante el voluntariado. Este punto me lleva a analizar las diversas formas en que la FEN realiza acciones de voluntariado, y por nombrar algunas, existen organizaciones estudiantiles como Construye Más, El Ayllú, CréeME UChile, entre otras, que focalizan el 100% de sus objetivos y actividades a la superación de desafíos del país, siendo su  principal músculo humano, estudiantes que voluntariamente dedican parte de su tiempo a ejecutar con vocación las misiones encomendadas.

Ahora bien, el ímpetu y pasión de los líderes de las organizaciones estudiantiles es un factor imprescindible para fortalecer un proyecto, sin embargo, el apoyo de toda la comunidad universitaria también juega un papel importante. Volviendo al análisis de qué es lo que hace la FEN para promover estos valores, podría dedicar páginas y registros, pero sintetizaré en lo práctico, ya que lo romántico se lo ganan y se lo guardan quienes efectúan el trabajo del voluntariado. La unidad de Responsabilidad Social Universitaria de la FEN coordina el programa de Proyectos Estudiantiles, el cual además de acompañar, asesorar y guiar a las organizaciones, financia cada año a los proyectos que mayor impacto y valores de innovación social promuevan. Es cierto que estamos en deuda con salir al territorio a escala mayor, no obstante, los cimientos están instaurados y la experiencia señala que hacia allá va el camino para que los futuros profesionales que se forman en la casa de Bello lleven consigo valores que además de promover solidaridad y cooperación, promueven una participación ciudadana responsable y armónica con la realidad del país.

Introspectivamente me pregunto, ¿por qué yo no soy voluntaria? Tal como menciona el estudio, soy parte de la gran mayoría, ¡No tengo tiempo! (51% señala no tener tiempo para ser voluntario). Es muy curioso pero oportuno, que el  estudio incorpore un término que no había escuchado, me refiero al Voluntariado Corporativo. Hace unos meses, un grupo de funcionarios de la FEN fueron a visitar la comuna de Paredones a propósito del cierre de la intervención de la organización Construye Más. La experiencia vivida contagió el espíritu de voluntariado con el que cuentan los estudiantes, y surgió la idea de armar cuadrillas o equipos de funcionarios de la Universidad de Chile que se sumen a las labores pre existentes o bien, desarrollar otras ideas desde las propias fortalezas. ¿No sería extraordinario que la Universidad de Chile practique a través de toda la comunidad universitaria un voluntariado real en los desafíos del país?

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Educación cívica, responsabilidad de tod@s

Es real que la Educación Cívica y las consecuencias que dejó su desaparición en las mallas curriculares de los establecimientos educacionales el año 1998 se asocian a una ciudadanía empobrecida y poco articulada. Dentro de los efectos que la desaparecida educación cívica dejó, podemos encontrar la baja participación ciudadana, la desconfianza en los políticos, el voto ciudadano (i)responsable, entre otros cuestionamientos. Hoy en el marco de las propuestas contra los conflictos de interés, tráfico de influencias y corrupción lanzado por el consejo asesor encabezado por Eduardo Engel, el gran aspecto que apunta en materia educacional es el que propone reinstaurar el ramo de educación cívica en las aulas a partir de la etapa preescolar hasta la enseñanza media.

Es respetable la buena intención que tiene esta medida,  apuntando al desarrollo de la formación ciudadana de los niños y jóvenes, proponiendo un proyecto educativo que integre la formación ética y ciudadana, y además, que la carrera docente incluya en su currículo estos mismos aspectos.  No obstante, y considerando el vacío en esta materia, existen instancias en que “la propia ciudadanía desarrolla ciudadanía”. Ejemplo de esto es el proyecto Aula Cívica, en el cual jóvenes con visión futurista creyeron en el poder ciudadano e implementaron talleres y cursos de educación cívica en establecimientos vulnerables. Estas iniciativas exitosas son dignas de réplica y se debiera tomar en consideración su experiencia y estrategias para que la construcción de un proyecto que busca formar ciudadanos sea co-creado con todos los actores. Es necesario incluir y resaltar en este aspecto, a los líderes y actores sociales de las comunidades y organizaciones civiles, ya que finalmente son estos quienes ejercen roles políticos de base y en quienes confiamos desde nuestra infancia, en los barrios, la sede social, las actividades navideñas, en la colecta vecinal y en la vocería de problemas comunitarios ante los gobiernos locales.

Si hablamos de responsables por la falta de educación cívica y formación ciudadana, si nos preguntamos por qué llegamos a esta desconfianza, falta de interés en lo comunitario, a este individualismo que se potencia con nuestro modelo económico, se debe preguntar de manera amplia y devolver la pregunta a uno mismo: ¿Cuál es mi responsabilidad como ciudadana/o en la transmisión de estos valores éticos que buscan actuar con responsabilidad y compromiso? Hay que preguntarse además, ¿Qué responsabilidad tienen los ciudadanos de las pasadas generaciones sobre nuestra formación cívica de hoy? Esa que se transmitía en las acciones conjuntas, esa educación cívica que viene desde la casa, de la convivencia de tu mamá con la vecina, de los acuerdos en asambleas, entre tantos

Justamente hace unos días, un grupo de vecinos del entorno de la Universidad de Chile, analizó y pensó este gran tema: Formación Ciudadana. Dentro del análisis, una de las principales conclusiones para entender el fenómeno en cuestión, es que los niveles de participación en espacios comunitarios son muy bajos,  debido a la falta de interés de los espacios en común de las personas y la falta de herramientas con las que cuentan hoy día los líderes, que nacen desde la espontaneidad y que son autodidactas en su formación dirigencial. La propuesta obtenida apunta a promover espacios de encuentro interbarriales, rescatando la identidad patrimonial y cultural característica de cada barrio, haciendo responsables a los líderes en el diseño y ejecución de las actividades, siendo el componente más fuerte la Educación Cívica, e involucrando entre sus co-ejecutores a la Universidad de Chile.

Es así como la Universidad de Chile en su rol estatal abre sus puertas a la ciudadanía para que circulen cual plaza pública, usen y cuiden esta casa que es una más en el espacio comunitario, para que los estudiantes salgan a la calle a convivir con la realidad donde ejercerán como profesionales, donde los académicos trasmitan a los vecinos sus conocimientos. Esta propuesta que nace desde Nexo Responsabilidad Social Universitaria de la Facultad de Economía y Negocios, tiene como fin involucrarse en los espacios donde está inserta e irradiar los aspectos positivos de la Universidad y que pueden aportar y nutrir el tejido social. Nace de funcionarios de diversas profesiones, que en su compromiso en la búsqueda de una educación de calidad cree firmemente que la formación la construyen todos y todas, no sólo el aula, sino que también las familias, vecinos, líderes sociales, organismos públicos y privados, medios de comunicación, emprendedores, y todo quien tenga algo que decir y aportar. Es la forma en que la Chile se hace cargo ante estos cuestionamientos, visualizando a futuro el país que queremos ser.

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Natalia Maldonado F. Licenciada en Trabajo Social de la Universidad Tecnológica de Chile. Coordinadora del proyecto “Barrio Andrés Bello, Imaginar y re-crear nuestro vecindario”.

FEN potencia el emprendimiento estudiantil

Luciana Goles

Actualmente nuestro país tiene los índices de innovación y emprendimiento más altos de la región, esto gracias a las iniciativas público/privadas que han fomentado durante los últimos años la existencia de un ecosistema de innovación abierto. Generando actividades  y espacios beneficiosos para el desarrollo de estas temáticas, hemos sido testigos de cómo StartupChile u otras iniciativas similares han logrado que sus participantes promuevan el emprendimiento en universidades, asociaciones ciudadanas, y la comunidad en general.

En este sentido, en la academia, nos corresponde formar a los estudiantes en pos del desarrollo económico del país, propiciando iniciativas que contribuyan a desarrollar y potenciar capacidades de emprendimiento en los estudiantes. En FEN, desde el año 2012 se promueve el emprendimiento a través de la incubadora de proyectos estudiantiles, entregando financiamiento a  las iniciativas estudiantiles de la Facultad, sumando cada año diferentes actividades de capacitación, talleres y mentorías específicas a los alumnos para que desarrollen sus ideas y postulen a los fondos dentro y fuera de la Facultad.

Este año hemos decidido ir más allá adoptando el desafío de  reinventar la incubadora, en respuesta a lo está pasando tanto a nivel país como a nivel Facultad en términos del emprendimiento e innovación. Hemos concentrado esfuerzos  para acercarnos desde distintos ángulos, lo que nos ha permitido ser parte del ecosistema de emprendimiento, y  de esta manera conjugar diferentes actores clave, como profesores, académicos, funcionarios, estudiantes y egresados con el fin de analizar y co-crear  formas de fomento del emprendimiento y la innovación en la academia.

FENLab, el Laboratorio de Emprendimiento Estudiantil es la nueva apuesta de las Escuelas de Pregrado realizada a través de Nexo Responsabilidad Social Universitaria, el cual nace con el objetivo principal de incentivar la cultura del emprendimiento social, cultural, medioambiental y/o empresarial dentro de la Facultad. En la línea de la responsabilidad social universitaria es fundamental apoyar a los estudiantes en sus ideas y proyectos, y de esta manera potenciar la innovación y el emprendimiento en la comunidad FEN, desde lo curricular y lo extra programático.

Las oportunidades que entrega FENLab no tienen que ver sólo con financiamiento, sino también con agregar valor al instalar en los estudiantes habilidades que van desde mejorar la capacidad de comunicarse, relacionarse con diferentes integrantes de la comunidad, potenciar las habilidades de liderazgo, trabajo en equipo, coordinación y el sentido de responsabilidad.

Además queremos mostrar a los alumnos que las líneas laborales no se encuentran solo en una multinacional o en la investigación, permitiéndoles abrir sus mentes a esta nueva opción que cada vez se hace más presente en Chile, que es el emprendimiento.

Luciana Goles Domic

Coordinadora de proyectos estudiantiles y emprendimiento (FENLAB)

Nexo Responsabilidad Social Universitaria

Día del medioambiente, ¿para qué?

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Benjamín Leiva Crispi

Ingeniero Comercial de la Universidad de Chile. Fundador y coordinador de la Secretaría de Ecología de la Fech. Fundador y coordinador de sistema de reciclaje de FEN. Diplomado en Permacultura. Profesor de cátedras vinculadas a la sustentabilidad y ecología en FEN.

Es importante recordar que la costumbre de conmemorar días se basa en el intento de no dejar en el olvido las peores facetas de nuestra sociedad, y así procurar evitar los mismos errores: el día del trabajador, de la mujer y del niño ante el abuso y matanza de nuestros obreros y campesinos, hermanas y madres, y niños y niñas, son un excelente ejemplo de ello.  No obstante, no es de sorprenderse (aunque si de lamentarse) que nuestra sociedad tenga hoy una serie de días ridículos, como el día del choripán (15 de marzo), del soltero (13 de febrero), de la marioneta (21 de marzo), entre otros, cuyo fin se justifica más en el juego y el estímulo a las ventas que en la promoción de algún valor universalmente reconocido y vulnerado.

¿Y el día del medioambiente, dónde encaja? ¿En la lista de los primeros -días significativos-, o derechamente en los segundos?

Sé que para muchos las temáticas medioambientales resultan con suerte algo pintoresco, simpático y atractivo, pero poco importante, bien como podría verse el esfuerzo desinteresado de un extraño en hacer reír a tus hijos en el metro. Y sé que para no pocos el tema es derechamente frívolo e irrelevante, tan propio de un grupo específico de la sociedad como lo es el interés por el choripán, los solteros, y las marionetas.

Lamentablemente este día es, a la altura del 2014 y a la luz de toda la información que poseemos, incuestionablemente parte del primer grupo.

Una gran cantidad de evidencia científica se ha ido acumulando en las últimas décadas sobre los profundos impactos que la actividad humana ha llegado a tener en la biosfera, advirtiendo los negativos efectos que ello podría traer en el largo, mediano, e incluso corto plazo para casi todas las formas de vida sobre la Tierra.

Estos potencialmente disruptivos impactos, conocidos como deforestación, desertificación, pérdida de biodiversidad, crisis energética, cambio climático, entre otros, vienen a constituir el mosaico de una crisis ecológica global propiamente tal sólo cuando se reconoce la extensión que han adquirido: Millones de hectáreas de bosque nativo perdido cada año, 70% de las tierras agrícolas globales desertificadas, disminución de 1/3 de las poblaciones de especies vertebradas, aumentos sostenidos y potencialmente irreversibles de las temperaturas medias del planeta, son sólo algunos de los problemas que hoy se nos presentan de manera alarmante.

Al reconocer la profundidad de los cambios, se percibe nítidamente que hoy el problema no es cortar un árbol, ni matar a una ballena o un panda. Al alejarnos de las anécdotas y ver la imagen general, lo que está en juego es la protección de los sistemas de soporte de vida, que valga la redundancia, sostienen todas las formas de vida sobre este planeta, incluida por si queda duda, la nuestra.

Como salió en la portada de La Tercera hace un tiempo atrás, “Expertos dicen que sin medidas drásticas, la biosfera tendrá cambios irreversibles para 2020”, aludiendo al trabajo GEO-5 del PNUMA. Éste advierte que si la humanidad no cambia de inmediato sus hábitos, se puede llegar a sobrepasar umbrales críticos, a partir de lo cual las funciones vitales del planeta pueden sufrir cambios bruscos e irreversibles. Nada nuevo al revisar los trabajos de James Lovelock y su Hipótesis Gaia, la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, y por no inundar de investigaciones, el trabajo publicado en la revista Nature traducible a “Aproximándonos a un cambio de Estado en la Biosfera Terrestre” (Barnosky et al, 2012), que advertía como bien sugiere su nombre, de la posibilidad de cambios de estado en la biosfera terrestre a raíz de los impactos humanos.

Anuncios de este tipo, ya no remitidos a esotéricos, hipies o revistas de poco presupuesto, han sido cada vez más frecuentes en los más altos círculos académicos, políticos y empresariales. Ya en 1990, 49 premios nobel y 700 miembros de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. declaraban que “la amplificación del efecto invernadero natural de la Tierra por la acumulación de varios gases introducidos por la actividad humana tiene el potencial de cambiar dramáticamente el clima. Sólo al tomar acción ahora podemos asegurarnos que las futuras generaciones no estarán en riesgo”. Un poco tarde pero peor es nunca, la Cumbre de Copenhague del CMNUCC de 2009, a pesar de su rotundo y estruendoso fracaso, logró que todos los países del globo afirmaran que “Subrayamos que el Cambio Climático es uno de los desafíos más grandes de nuestro tiempo”. Ese mismo año el presidente ejecutivo de la Coca-Cola (no una empresa abraza-arboles precisamente) declaraba que “el cambio climático es real y el momento de actuar es ahora”. Tomémonos un instante para calibrar lo que significa que estas declaraciones sólo se refieran a uno de los procesos que constituyen la crisis ecológica global.

Al respecto, no está demás recalcar la completa certeza que hoy existe sobre el calentamiento global como un efecto real de la actividad humana. Diversos trabajos de revisión de estudios sobre el clima han sistemáticamente concluido que sobre un 90% de todas las investigaciones sobre clima que emiten algún juicio están de acuerdo con que el calentamiento global es real y causado fundamentalmente por el humano (Oreskes, 2004, Doran, 2009, Anderegg, 2010, Cook et al, 2013). A esta altura, mantener dudas sobre este tema resulta tan anticuado y ridículo como pensar que el cigarro no causa cáncer.

Hoy el tema medioambiental ha venido para quedarse, básicamente pues de su resolución exitosa dependerá en buena medida la posibilidad que tendrá nuestra especie de prosperar de manera indeterminada en nuestro planeta. Pocas problemáticas pueden constituirse como una preocupación tan general, probablemente pues no existe instinto más poderoso que el de la supervivencia individual y colectiva.

Ahora bien, un aspecto realmente fascinante de todo esto, es el hecho que hemos sido nosotros mismos como especie quienes hemos provocado todos los problemas relacionados con el medioambiente –reconociendo por supuesto, las abismantes desigualdades en la responsabilidad sobre dichos problemas entre ricos y pobres entre grupos y países-. El crecimiento vertiginoso de nuestra población (multiplicándose por 7 en 200 años) y de nuestra economía (multiplicando por 10 nuestros recursos por habitante en ese período), ha significado una expansión de nuestra especie que ha ido aplastando y desplazando a la naturaleza, con aquellas otras formas de vida que constituyen la red que sostiene a la nuestra.

A medida que hemos ido expandiendo nuestras ciudades, fronteras agrícolas, zonas mineras y pesqueras, población, entre otros, hemos aumentado la huella de nuestra especie sobre la biosfera, y así hemos pasado en un plazo de 40 años, de demandar la mitad de los recursos que la Tierra podía ofrecernos, a un 50% más de lo sostenible (WWF, 2012). Y así, hoy estamos con un déficit ecológico bastante equivalente en origen y consecuencias a lo que bien conocemos como déficit en balanza de pagos. Origen: vivir más allá de nuestros límites; Posibles Consecuencias: un costoso ajuste para volver al equilibrio.

Todos estos hechos nos presentan contra una serie de preguntas nuevas, que hasta hoy nuestras universidades, nuestro país y nuestra civilización por regla general no han enfrentado:

1)     ¿Qué ajustes debemos hacer en nuestro sistema social al pasar de habitar un planeta “vacío” a uno “lleno”?, como Herman Daly ha planteado.

2)     ¿Cómo funciona una economía de nave espacial, en oposición a una economía de vaquero, cuando ya no existen más fronteras por expandir? como señaló Kenneth Boulding hace medio siglo.

3)     ¿Qué espacio queda para el crecimiento económico cuando se reconoce que nos hemos pasado en al menos 3 de los 9 límites claves de la biósfera (Rockstrom et al, 2009)?

4)     ¿Qué pasa con la distribución de la riqueza y el ingreso una vez reconocidos límites absolutos del tamaño de la economía?

5)     ¿Cómo hemos llegado a esta situación culmine de las contradicciones humanas, en que nuestros mayores y mejores esfuerzos nos han puesto en serio riesgo vital?

Ya no nos vengan con que la tecnología solucionará todo. Hasta hoy, las mejoras tecnológicas no han reducido el impacto ambiental de la humanidad, todo lo contrario. Hace más de un siglo Jevons nos advirtió que las mejoras en eficiencia siempre se ven abrumadas por el aumento de la escala de producción, y dicha paradoja se mantiene hasta hoy. Arriesgamos demasiado para apostarlo todo al dogma hiperoptimista (o llanamente irresponsable) del paraíso tecnológico, que se aferra a la comodidad de las soluciones tecnológicas para no tener que entrar en la pantanosa arena política, donde verdaderamente se zanjan las cosas.

¿Y bien, a alguien le puede seguir quedando alguna duda de que el día del medioambiente es parte de aquellas conmemoraciones significativas, de hecho, posiblemente de las más significativas? Por supuesto que sí. La ignorancia, la pusilanimidad, la mentira deliberada y el cortoplacismo están demasiado extendidas en nuestra sociedad, lo que mantiene a la mayoría de la población sin saber todo lo expuesto aquí, a otra buena porción sin querer saberlo por sus implicancias, todo reforzado por los grupos de interés que niegan sistemáticamente la evidencia por los cambios que conllevarían (léase Monsanto y sus químicos, el complejo petrolero, carbonero, gasífero y sus fósiles, y para resumir, la cultura del consumismo con su miríada de productos que nadie necesita realmente, cuyo ejército de apologistas de todo tipo de profesión e ideología sostienen el status-quo aun contra la pesada evidencia en su contra).

¿Pero qué pasa con los que sí sabemos lo que está pasando, y además tenemos el ánimo de hacer algo al respecto? Pues nos sirve para recordar la épica de nuestra causa, y tomarnos este día con solemnidad y perspectiva. Sabemos que un día es simbólicamente importante, pero también tenemos claro que con él no pasa nada, así bien como no cambia nada sólo por el hecho de conmemorar el día del trabajador, mujer y niño (o de darle “likes” por Facebook a posteos relacionados). La transformación se da todo el año, día tras día, y por la magnitud del desafío por delante, a todo nivel. Desde los cambios de hábito individuales, como usar la bici en vez del auto para llegar al trabajo, pasando por los cambios “internos” como pensar positivamente, hasta los cambios colectivos, como trabajar activamente para materializar  los cambios sociales que harán de ésta una sociedad sustentable. Nada menos bastará para enfrentar exitosamente los desafíos que tenemos por delante.

Somos muchos los que hemos comenzado ya. A nivel personal con acciones como reciclar, compostar, usar luces LED y entre otros tener un colector solar en el techo. A nivel interno emprendiendo largos caminos introspectivo de autoconocimiento y desarrollo personal. Y a nivel colectivo involucrándose en alguna de las cientos de formas que existen: desde participar como voluntario en alguna organización verde, asistir a marchas que defiendan nuestros glaciares, ríos y ecosistemas, hasta trabajar en empresas y organizaciones cuyo fin sea lograr avanzar honestamente hacia una sociedad sustentable. A título personal, aportar desde el nivel colectivo ha incluido   implementar un sistema de reciclaje para una comunidad universitaria de más de 4.000 personas, fundar la Secretaría de Ecología y Medioambiente de la Fech, hacer clases de ecología y economía con una clara orientación sobre estas temáticas, y trabajar profesionalmente como coordinador de una organización llamada “Ecofen, por un Campus Sustentable”, que busca transformar a la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile en líder de Sustentabilidad Universitaria.

Las oportunidades para ser parte de la solución son realmente muchas, y están en todas partes.

 

DESDE LO SOCIAL: POST-AÑO DE LA INNOVACIÓN, Y HACIA UNA NUEVA GESTIÓN DE INNOVACIÓN Y EMPRENDIMIENTO.

Gianncarlo Durán Díaz MSc Innovation Management and Entrepreneurship, Manchester Business School; Coordinador Académico Proyecto NESIS, Universidad de Chile.
Gianncarlo Durán Díaz
MSc Innovation Management and Entrepreneurship, Manchester Business School;
Coordinador Académico Proyecto NESIS, Universidad de Chile.

No hay duda en que hablar y hacer emprendimiento e innovación en Chile hoy está en boga ¿Pero desde dónde entendemos y hacemos innovación los chilenos?

Tanto aquellos familiarizados o no con estos conceptos, hemos notado como éstos han sido crecientemente utilizados por entidades provenientes de todos los sectores. El Gobierno recién saliente fue un actor importante en incluirlos en las distintas agendas del sector público y privado, impulsando una serie de iniciativas en su entorno. Por ejemplo, durante el año 2012, el llamado ‘Año del Emprendimiento’, la gestión declaró haber apoyado la creación de cerca de 70 mil nuevas empresas, e invertido alrededor de US$4 mil millones en emprendedores. Siguiendo con esa misma línea, el año 2013, bautizado como el “Año de la Innovación”, fue un periodo en el cual, entre otras cifras, se dijo haber destinado un presupuesto histórico de mil millones de dólares al apoyo de iniciativas de largo plazo como centros e institutos, y haber desarrollado más de 350 actividades públicas en torno a la temática que logrando convocar a más de 100 mil chilenos.

Sin embargo, observando más allá de los números, estas prácticas también han repercutido en la imagen que el país proyecta al exterior. Chile tiende a observarse como un país con gran potencial de convertirse en un importante nodo o hub de emprendimiento e innovación en la región. He sido testigo de cómo iniciativas como Start-up Chile –sí, un ejemplo recurrente últimamente– son aplaudidas por europeos, provocando que emprendedores, académicos, y actores del mundo de los negocios en general, fijen atentamente su vista en el país, y quién sabe, futuras inversiones.

En sintonía con esta ‘cruzada hacia el hub’, me gustaría hacer una pausa para ilustrar a través de variados ejemplos locales que la innovación en Chile no sólo tiene que ver con nuevas combinaciones que permiten generar nuevos emprendimientos, comúnmente llamados ‘emprendimientos de negocios’. También puede complementar lo anterior, pero una innovación concebida desde lo social.

A pesar que el origen del concepto de emprender e innovar socialmente data en la literatura de la década de los 70, hoy no existe un consenso que entregue una definición exacta de su significado. Sin embargo, y  sin perjuicio de lo anterior, este hecho más allá de ser un problema ha sido la oportunidad para algunos de levantar una variedad de interesantes aproximaciones.

Si el fenómeno se observa internacionalmente, son muchos los casos de organismos gubernamentales, empresas privadas, organizaciones de la sociedad civil (OSCs) y unidades académicas que han declarado una aproximación conceptual a este tipo de innovación sólo con el fin –un proactivo fin– de iniciar acciones en este ámbito dentro de la sociedad. El punto de encuentro entre cualquiera de estas definiciones es sin duda la preocupación por los problemas más urgentes de la sociedad, y que estos sean abordados a través de ‘nuevas formas de hacer’ que apunten a la sostenibilidad de estas acciones sociales.

Desde los tres sectores

Interesante resulta observar que a pesar que en Chile el emprendimiento y la innovación social se han hecho popularmente conocidos hace no más de 5 de años, iniciativas de este tipo ya han sido promovidas y llevadas a la práctica desde los tres sectores: el público, el privado, y desde el tercer sector, o como diría Bill Drayton, el sector ciudadano.

En el sector público, por ejemplo, el tema ha sido promovido a través de FOSIS, con el fondo IDEA, INJUV, con Desafío Clave, y CORFO con el fondo PIES. Este último, lanzado en enero 2012, se encuentra hoy co-financiando siete proyectos que buscan dar soporte a la acción de nuevos emprendimientos nacionales, especialmente aquellos que trabajan con sectores vulnerables y la erradicación de la pobreza.

Por otra parte, el sector privado chileno también demuestra interés. Nuevos conceptos de gestión de responsabilidad social, como el ‘valor compartido’, están pregnando varios departamentos de RSE. ¿El fin? Actualizar el actuar de sus clásicas prácticas, las que para algunos investigadores como Michael Porter, son nada más que actividades mediáticas y poco estratégicas desconectadas de la realidad social y empresarial, para luego ser impresas en reportes anuales de papel couché.

Vale la pena observar lo desarrollado por Arauco y su programa InnovArauco, lanzado el 2011 como una estrategia para mantener el liderazgo de esta empresa en la industria. A la vez que lanzó el programa, Arauco instaló internamente tres desafíos corporativos; entre ellos, el Desafío de Innovación Social. Utilizando lineamientos de Innovación Abierta, esta iniciativa ha permitido a la empresa alinear su core-business con las necesidades de las comunidades de entorno y descubrir interesantes puntos de encuentro nunca antes observados. Hoy, AcercaRedes, uno de los proyectos estrella del Desafío, está posicionándose en el sur de Chile como un relevante espacio de co-creación que convoca actores de todos los sectores para trabajar en conjunto por el desarrollo de las comunidades de la zona.

Uno de los hechos que aspira a reforzar la innovación social para y desde el sector ciudadano de nuestro país es el ‘aterrizaje’ de Ashoka en Chile ocurrido el año pasado. Ashoka Innovators for the Public es la mayor red de emprendedores sociales en el mundo, los llamados Ashoka Fellows: líderes que aspiran a cambiar sistémicamente el mundo y cuyo principal lema es que todo el mundo puede cambiar el mundo (Everyone a Changemaker). Sin embargo, el historial de Ashoka en nuestro país no comenzó el 2013, sino que data de 1995, cuando Ximena Abogabir –Presidenta de la Fundación Casa de la Paz– fue seleccionada como la primera Ashoka Fellow chilena. A la fecha la red de Fellows en el mundo cuenta con 3.000 emprendedores, de los cuales 37 son chilenos (Julián Ugarte de SociaLab acaba de ser elegido el Fellow número 3.000). Estos agentes están llevando a cabo modelos exitosos en nuestro país que vale la pena observar. Aparte de abordar problemas sociales de variada índole, y en ámbitos como la educación, derechos humanos, medio ambiente, entre otros, lo hacen desde una mirada sistémica, invitando a que todos los actores sociales se sumen al cambio social.

La Academia: Sector en potencia.

Como ya lo muestra la literatura, las instituciones de educación superior –o el sector académico, como podríamos llamarlo para continuar con el mismo lenguaje– han sido actores clave para la innovación y emprendimiento social. Este sector no sólo ha aportado con producir conocimiento e investigando este fenómeno, sino que también ha sido encargado de generar instancias para reunir a importantes agentes sociales alrededor del tema, encuentros mundiales como el World Skoll Forum llevado a cabo anualmente en el Reino Unido por la Escuela de Negocios de la Universidad de Oxford y la Fundación Skoll. Además, estos mismos centros educacionales incentivan a sus estudiantes a continuar proyectando nuevas soluciones a problemas sociales integrando estás ‘nuevas formas’ dentro de los curriculums, como el Centre for Social Innovation de la Universidad de Stanford.

Un fenómeno similar al descrito, en una escala menor, pero incipiente y con gran potencia, está ocurriendo en Chile, y universidades como la PUC, la Universidad del Desarrollo y la Universidad de Chile ya han dado pasos importantes. Esta última, desde el promover y el germinar agentes de cambio.

En la Universidad de Chile, particularmene en la Facultad de Economía y Negocios, la unidad Nexo Responsabilidad Social Universitaria, desde el 2010 trabaja por ser pioneros en reunir innovación social y educación superior en la palestra académica nacional, y creando la iniciativa MES en ese mismo año en conjunto con la Facultad de Arquitectura y Urbanismo. MES, o, el Mes del Emprendimiento Social, busca promover el emprendimiento e innovación social al interior del espacio universitario, llevando a cabo una agenda de un mes completo de actividades en asociación con importantes emprendedores sociales del país. Seminarios, concursos, workshops han logrado atraer a estos líderes sociales a las dependencias universitarias, y llevado a actores universitarios a terreno, donde los emprendedores ponen en práctica sus modelos. Desde entonces, MES ha sido llevado a cabo desde el 2010 a la fecha  entre los meses  Octubre y Noviembre, en sintonía también con las actividades de la Semana Global del Emprendimiento GEW.

Luego de 4 años promoviendo el emprendimiento social, y co-financiados por CORFO, el 2013 nace NESIS, los Nodos de Educación Superior para la Innovación Social. NESIS es la primera red nacional de instituciones de educación superior por la innovación social, la cual provee herramientas de emprendimiento e innovación a líderes del sector académico –estudiantes y docentes–, aspirando a que iniciativas de ésta índole permeen hacia las actividades académicas y curriculares de la academia. Desde Julio pasado, estudiantes y académicos trabajan en conjunto para cultivar y co-crear nuevos emprendimientos e innovaciones sociales y expandir la educación de este tema en Chile, no sólo en la Región Metropolitana, sino que además instalando nodos NESIS tanto en el Norte y Sur del país. Hoy NESIS está inaugurando sus actividades en la Región de Atacama, específicamente en Copiapó, asociados a actores relevantes como la Universidad de Atacama, la Universidad Santo Tomás, ASECH, entre otros.

Un mosaico chileno de innovación social

En conclusión, y como una manera de aclarar el concepto a quienes hasta hoy les resultaba extraño, es posible entender la innovación social como un proceso que desarrolla actividades, productos y servicios innovadores motivados a satisfacer una necesidad social a través de una idea escalable y sostenible, y liderado por personas y organizaciones que asumen lo social como central y constitutivo de su quehacer.

Como puede observarse, Chile no sólo se puede destacar como un país que levanta iniciativas emprendedoras e innovadoras en el mundo de los negocios y los start-up. Hoy también se orientan a proyectar nuevos modelos para abordar problemas sociales antes obviados o no abordados eficientemente ni co-creados de la mano de aquellos afectados por éste.

Las soluciones desde arriba hacia abajo, desde los poderosos a los necesitados, comienzan a verse como algo del pasado e inconcebibles desde la innovación social y los emprendedores sociales. Estas nuevas formas han permitido concebir un mosaico de iniciativas provenientes del sector público, privado, ciudadano y académico que se han involucrado con los tópicos que la innovación social entrega. Ha articulando actores y organizaciones a su alrededor, esbozando con esto lo que podría llamarse un ecosistema nacional de innovación social, algo que hoy,  post-Año de la Innovación, y escenario de cambio de gestiones, es necesario destacar, ojalá, esperando ser considerado por aquellos que aspiran a ser líderes sociales y políticos en los próximos años.

Responsabilidad social en la educación superior

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Francisco García, Director unidad Responsabilidad social universitaria, Facultad de Economía y Negocios Universidad de Chile.

Durante largos años la educación superior del país ha concentrado su energía en entregar una formación de calidad a sus estudiantes, esperando como principal resultado un desempeño técnico sobresaliente del profesional en el mercado laboral. Sin embargo, ser experto en alguna materia ya dejó de ser suficiente.

Hoy, frente a la complejidad y diversidad de problemas que afronta el mundo, tales como el cambio climático, el aumento progresivo de la población, la desigualdad,la extrema pobreza, entre otras más, necesitamos con urgencia habilitar profesionales que posean las competencias sociales para resolver creativamente los desafíos que tiene la humanidad. Es así como, la responsabilidad social universitaria (RSU) debe tomar un rol clave en la formación ciudadana de profesionales integrales al servicio del país y comprometidos con el desarrollo sostenible del planeta.

Pero,  ¿las nuevas generaciones visualizan la importancia de este tipo de formación?

Luego de conocer los puntajes de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), podemos inferir respuestas sobre esa interrogante a través de las preferencias de los jóvenes a la hora de elegir una carrera. La mayoría de ellos opta por matricularse en carreras bien remuneradas y con alto reconocimiento social, dejando en segundo plano el factor de responsabilidad social de las carreras. Con ello, podemos inferir que la decisión está directamente relacionada al beneficio personal (monetario) en desmedro del beneficio social o común. Lo anterior no sorprende, ya que es el retrato perfecto del modelo individualista imperante en nuestro país.

Asimismo, otra cifra interesante a observar es la baja participación en voluntariado profesional. Según el Estudio Nacional de Voluntario 2013 preparado por la Fundación Trascender, el 94% de la población chilena no ha realizado ningún tipo de voluntariado, justificando su acción por la falta de tiempo (53%), que no le interesa (29%) o que dedica su tiempo libre a sus más cercanos (15%). Estas cifras deben encender un foco de alarma sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo, y sin lugar a dudas la formación en educación superior juega un rol clave en este proceso.

Al parecer la educación superior ha perdido el rumbo en su formación ciudadana y profesionales preocupados con el desarrollo social del país. Sin embargo,vemos ejemplos en algunas instituciones que se han comprometido con estos temas, tomando rutas correctas al incluir las competencias socialesa nivel curricular. La RSU propone una mirada distinta sobre la vinculación con el medio y la integración con su entorno, enlazando los problemas del país con el quehacer de la academia en el marco de una sociedad más justa, amigable, sustentable y feliz. Y tal como dice Claudio Naranjo, “la responsabilidad no es un deber sino un hecho inevitable. Nuestra única alternativa es reconocer tal responsabilidad o negarla”. Llegó la hora de reconocerla.